 Cartel de los Actos de San José 2010 |
Carpintero, ebanista o carretero como antaño se les conocía.
Pasó parte de su infancia entre serrín y virutas. Tenía 9 años, cuando por primera vez pisó una carpintería, de esas “tradicionales”, y le gustó. Así pues, creció entre clavos y tornillos y forjó toda su vida entre serruchos y martillos. Barcelona le esperaba con tan sólo 17 años, allí aprendió los secretos de la ebanistería, dónde trabajó durante horas interminables.
El billete de tren que compró era de ida y vuelta…debía regresar para cumplir como todos haciendo el servicio militar.
El destino le tenía preparado otro camino, que sirvió para consolidar más si cabe su experiencia y con 28 años, pasó a formar parte de la plantilla de una de las mejores fábricas de muebles conocidas en ese tiempo. Su atención y dedicación fueron los avales que dirigieron sus pasos hacía el éxito profesional, y en poco tiempo se convirtió, en uno de los encargados que ayudaban en la realización y proyección del mueble. El éxito para él, fue simplemente poder transmitir y aplicar todo cuanto había aprendido. Fueron años de mucho trabajo, pero años felices al fin y al cabo.
Pero el mundo gira, y da tantas vueltas, que en una de ellas, el sueño dejó de serlo. Esos momentos fueron difíciles y ahora es cuando comprendo por qué a veces le encontraba perdido entre pensamientos. Y sacó fuerzas para continuar, y volvió a ser de nuevo un carpintero de pueblo. Era lo que se dice “un carpintero de los de antes”, alguien cercano y amable que arreglaba, restauraba o creaba cualquier cosa que tuviese relación con la profesión que tanto amaba.
Sus manos largas y finas, moldeaban la madera a su antojo. Habilidad manual y paciencia, todo ello unido daban paso a los más “bellos” trabajos, porque para él, todo cuanto estuviese bien hecho era realmente bello.
Siempre admiré la constancia y alegría que plasmaba en su quehacer diario, jamás le escuché quejarse, se sentía bien orgulloso de ser carpintero, y yo mucho más de que lo fuera. Pero lo más importante es que se le veía feliz con el oficio que había sido su sustento y el de su familia, disfrutaba con su trabajo y eso se reflejaba en todo cuanto hacía.
Mi despertar tenía variaciones, unas veces a ritmo de martillo y otras veces el sonido del taladro hacía lo propio. Toda la casa y especialmente su ropa desprendían un olor intenso a madera de roble, de pino o de caoba, está claro que mejor ambientador no podíamos tener. Aprendí de tanto escucharle, que era la escofina o la sierra de calar e incluso a manejar sus herramientas.
Mi mayor pesar a día de hoy, es cruzarme con la tristeza que reflejan sus ojos porque nadie continuará su camino.
Ser carpintero, ebanista o carretero es un arte, dónde el resultado final es la plena satisfacción del trabajo bien hecho.
Que estas líneas sirvan de pequeño homenaje a todos cuantos trabajan o han trabajado la madera, a todos esos carpinteros en cuyas manos están impresas muchas horas de desvelo, a todos cuantos continúan transmitiendo y aprendiendo esta profesión tan noble.
El orgullo más grande que tengo, es que mi padre, ante todo es buena persona y sobre todo…..un buen carpintero.
19 de Marzo: Festividad de San José, día del Padre y Patrón de los Carpinteros.
Fuente: Belén Guerrero
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