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Informe: "Las Cantareras de Mota del Cuervo"

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Introducción.

El Barrio de las Cantarerías, está situado en la zona Noroeste de la Localidad de Mota del Cuervo (Cuenca). Su origen más probable se remonta a la época de los mudéjares ya que guarda huellas características del paso de los Árabes.

En los años 30 y 40, existían siete hornos que cocían cada uno con una periodicidad semanal al menos en la época de trabajo, que siempre ha sido desde la siembra hasta la cosecha (Marzo/Abril a Septiembre/Octubre).

Hace unos años, al levantar cimientos para edificar allí, aparecieron cenizas y restos de la bovedilla que conformaba el horno. También se localizó la boca de otro situado en una pared lateral de una vivienda que recientemente ha sido tapada con cemento al revocar toda la pared.

El actual horno, de propiedad municipal, se encuentra en la plaza de la Cruz Verde, y se construyó en el mismo lugar en el que estaba enclavado el antiguo, poniendo material refractario en el interior. Tiene forma de prisma rectangular de 4x3x3m, con una puerta lateral por donde se carga y descarga la obra, un respiradero en el techo y en la parte inferior de la pared delantera, la boca de la caldera por donde se introduce la leña, llenando también parte de esta zona con piezas a cocer.

La tierra, para fabricar los cántaros, siempre se ha extraído de los barreros del Valle y de la Casa de las Burracas, situados muy cerca de la ermita de la Virgen del Valle, a unos dos kilómetros del pueblo. El barro se extraía repellando en galerías profundas y alargadas (haciendo "pellas", bloques de tamaño y consistencia adecuados). Actualmente estos barreros se hallan tapados y el barro se extrae a cielo abierto.

El barro es trabajado por las Alfareras en una estancia de la casa acondicionada para ello, ya que no tienen alfar. Dicha estancia normalmente es su patio interior con poyos laterales donde pueden sentarse y hay una pila adosada en la pared para remojar el barro. El barro, debe de pasar por una serie de operaciones: secado al sol, triturado, remojado durante un día y pisado.

Cuando se termina la "pisa", se van tomando pellas que se "esgorullan" (desmenuzan) con el objeto de quitarles las impurezas tales como cantos y piedras. Se moja la base o se pone sobre una capa de ceniza para que no se pegue al rodillo y se comienza a "urdir" (levantar el cuerpo de la vasija", cuidando que las paredes tanto interiores como exteriores quedan "aluciadas" (alisadas).

Después se continua con un primer secado de 24 horas, un "raído" (toma de material de la propia pieza) con un utensilio de madera y con dicho material mojado "enasar" (pegar las asas) y "bocar", "embocar" o "abocar" (hacer las bocas). Después, se "lustra" (repasa) todo el conjunto con un trapo mojado, y se procede a un segundo secado, en un lugar seco, sin corrientes, para evitar separaciones de asas y bocas. Cuando la pieza comienza a clarearse (con pérdida de agua) se invierte para que el secado sea uniforme y tras unos días así, se pone a secar al sol (tercer y definitivo secado).

Ya están los objetos dispuestos para la última y definitiva operación: la cocción. Antes el horno se compartía muchas veces y se marcaban los cántaros para distinguirlos con una señal personal y el pago del alquiler al horno se repartía proporcionalmente a las piezas a cocer, utilizando su propia terminología ("horná", "pico"). se usaba frecuentemente la veintena para contar las piezas, y así las Cantareras mayores hablan de tres veintes, cuatro veintes...

La tarea de "enhornar" o cargar el horno es un verdadero arte, pues el rendimiento económico de todo el proceso, depende, en gran medida, de la cantidad de piezas que puedan introducirse en el pozo. Deben aprovecharse perfectamente los huecos de las piezas con volumen para intercalar allí las demás según su morfología y volumen.

El combustible que se usa regularmente ha sido la "barda" (masiega y carrizo) de las riberas, que era transportado en carros arrastrados por caballerizas desde parajes como "El Toconcillo" y "El Navajo", en las riberas del río Záncara. Las temperaturas para cocer son del orden de 800º y 900º C y el hornero tiene la obligación de meter leña de una manera regularmente para que el calentamiento sea lo más uniforma posible, evitando así agrietamientos y diversidad de colores.

Se carga el horno un día, se cuece el siguiente, durante unas ocho horas, y se deja la obra dentro otro día más, para que vaya enfriándose lentamente y no haya roturas por vibraciones extremas de temperatura. Una característica fundamental de la Alfarería popular moteña es que no se "bañan" (esmaltan) las piezas. Son de color genuino del barro utilizado. La pieza fundamental y la que da nombre al barrio es el cántaro. Una obra rotunda, en suma, y que debería figurar en un lugar de honor de cualquier Museo de Cerámica.

En primer lugar, hay que destacar, que es junto a las localidades de Movero y Pereruela, los únicos lugares de la geografía donde la manipulación artesana es tarea exclusiva de las mujeres. éstas, además, realizan las labores domésticas habituales, trabajando intensamente en la Cerámica durante el período Marzo/Octubre, que es cuando la climatología se muestra más favorable. Las tareas de los hombres eran extraer la materia prima de los barreros, transportarla a la casa, recoger y transportar el combustible y todo lo referente a la cocción y la venta.

El ámbito geográfico del mercado de Mota del Cuervo abarca prácticamente toda la actual Castilla-La Mancha y la provincia de Madrid, llegando hasta una de las mecas de la Cerámica, como es Talavera de la Reina. Los puntos de venta más importantes aparecen en la figura superior. Cada Cantarero tenía sus rutas más o menos delimitadas, agrupándose varios en sus viajes, que hacían con carros transportados por animales de carga. A veces, permanecían más de 20 días de viaje hasta que conseguían vender toda la mercancía, mientras que otras, vendían toda la carga de una sola vez (casa "fuertes" de La Mancha donde, al iniciar la siega, se juntaban cuadrillas de hasta 23 o 30 trabajadores).

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