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UN
POCO DE HISTORIA
Se dice que la rueda y el horno lo inventaron los egipcios, pero no hay duda que antes, mucho antes, el hombre se hizo las vasijas que necesitaba, y se las hizo con menos preparación, así como utilizó los cuencos de animales y vegetales que tuviera a su alcance.
El hombre paleolítico superior no había descubierto la cerámica ni practicado la agricultura y la domesticación de los animales. Respecto a la cerámica, se ha discutido mucho
alrededor de ciertos hallazgos de cerámica tosca en yacimientos de esa época, y no puede negarse, dice Pericot en su historia, la posibilidad de que el hombre paleolítico fabricase
alguna vez tosca cerámica secada al sol y difícil, por lo tanto, de que se haya conservado. Hablando de la cultura de la meseta, alude a la cerámica más tosca, negra,
encontrada profusamente en algunas estaciones, y dice: “posteriormente se va introduciendo el uso del torno empiezan las decoraciones pintadas, que son eco de la brillante
cerámica a torno empiezan las decoraciones pintadas, que son eco de la brillante cerámica ornamental de la misma época en las zonas orientales de la península”.
Y ya en época más reciente, durante los siglos XVI, XVII y XVIII, se hacen famosos los alfareros de Talavera y proveen de utensilios a las casas grandes.
ALFARERÍA
MANCHEGA
La tierra, el agua, el barro, que hasta se lo encontraba hecho, fueron sin duda los primeros elementos de que el hombre echó mano por pura y elemental necesidad, y es natural
que a través del tiempo sigan siendo sus más fieles compañeros, sus constantes auxiliares, los que aún enterrados se conservan indefinidamente y los que le acompañarán hasta
el fin.
El conocimiento y el ingenio del hombre, acuciados por la necesidad, han ido transformando sus obras hasta increíbles grados de perfección, sin que por eso desaparezcan, si
bien hayan decaído mucho, aquellas otras más rústicas de que el hombre se ha venido sirviendo desde los tiempos más remotos. De estas últimas tuvo la Mancha – tierra seca y
de cuevas – abundante producción en sus alfares, que aún hoy nos ofrecen estampas, de indudable origen árabe, empezando por el nombre, que no ofrece dudas a este respecto.
Cualquier alfar y las casas donde se hallan instalados, nos trae el recuerdo de las viviendas moras, sin apariencias, limpias, claras, rutilantes, llenas de rincones y escondrijos en su contorno adecuados a su necesidad, sin más comunicación ni entrada de la luz que la puerta, y todo ello emplazado en patios y corrales más o menos amplios, de
paredes bajas y derruidas, bien encaladas, que vistos en conjunto desde la altura de los montículos de los hornos, semejan un todo común con apartamentos y separaciones convencionales.
No puede sorprender el dicho de que el hombre está hecho de barro y a la verdad que viendo la taumaturgia del alfarero se queda uno meditando en la posibilidad y espera que
del fondo del ánfora, tan tiernamente acariciada para modelarla, pueda salir revoloteando la paloma misteriosamente vivificada, la palomita que será acogida en el hueco de las
manos sin más presión que la indispensable para contener su aleteo y que no se escape.
El modelar del alfarero es un ademán mimoso de ternura. La rueda, accionada a pie, no necesita fuerza. Las manos, en actitud acariciante, abrazan la pella humedecida levemente
en su superficie con los dedos de la mano derecha, que sumerge en una cazoleta llamada albañal que tiene orilla, humedad que basta para darle a la masa la suavidad indispensable
en los primeros giros de la rueda y que la pella tome la forma de huso y que las manos, en tenues contactos con la masa que adquiere entre los dedos increíbles cualidades de
plasticidad, nos ofrezcan en cinco minutos la pieza perfectamente modelada, como si estuviera hecha de molde.
Es sublime cuanto simple el arte del alfarero y maravilla ver surgir de entre sus manos, que se adivinan blandas y suaves, la figura que modelan en cuestión de unos instantes
y separan de la masa cortándola con un hilo de carrete del veinte, que es el que menos se deshilacha. La pella, una vez puesta en la cabezuela, más que trabajada es acariciada,
como prenda de un juego de prestidigitación que vemos surgir maravillosamente de unas manos que a fuerza de trabajo adquirieron esa dificilísima facilidad que nos deja
asombrados.
El alfarero tiene siempre alrededor de sí y en todas las habitaciones de su patio, que le vienen cortas, un mundo de cacharros en diferentes puntos de su preparación, unos
oreándose en espera del momento preciso para agregarles piezas complementarias en el instante justo que se pegarán formando un solo cuerpo que antes se romperá que
desprenderse, otras secándose, cocidas, crudas, para bañar o para la venta. Pero tratemos de puntualizar su obra tal como él la entiende, que es sin duda la mejor manera de
entenderla y como debe quedar en nuestra historia.
LA MATERIA
PRIMA
Su materia prima fundamental, y casi única, es el barro, que en el oficio se llama légamo, y que se obtiene sobre todo de las tierras arcillosas que almacena nuestro suelo y
sacan al hacer los pozos, que aprovechan casi íntegramente. O bien de sacatierras llamados barreros en los que se labran galerías siguiendo las vetas de las arcillas que se
consideran apropiadas. El pueblo de más y mejor légamo lo es Madridejos, y para que veamos como son las cosas, no ha tenido nunca alfareros.
La tierra así recogida la llevan a su corral y la amontonan a la intemperie.
Estas tierras arcillosas con diferentes unas de otras y complejas en su composición como consecuencia de las descomposiciones meteóricas que dan infinitas formas a los
yacimientos, agregándose al silicato alumínico básico hidratado, el hierro, el manganeso, cloruros y carbonatos, micas, humus, etc., todos con la cualidad común de tener gran
avidez por el agua cuando están secos, circunstancia señalada por todos los alfareros de que la tierra ha de estar bien seca y machacada para enturbiar el agua, y que es la razón
de que se pegue a los labios o a la lengua, como hacíamos los chicos en los “gomaeros” del barro barrioso o en las arcillas sacadas al hacer los pozos y la causa de que aquellos
“gomaeros” resultaran modelables y los mejores para jugar a las gomas.
Según las impurezas que contiene, la arcilla presenta diferentes colores y propiedades, es más o menos modelable y pierde su plasticidad cuando
se la pone a temperaturas del rojo. Las impurezas de la arcilla son precisamente las que dan nombre a las diferentes clases.
Entre las arcillas plásticas, que son las interesantes desde el punto de vista del presente estudio, son las más notables las de la tierra de Barros, en Extremadura, y la tierra
blanca de Andalucía y la Mancha (greda), que se usa para quitar manchas y para aclarar vinos o limpiar metales y las más plásticas o modelables, para hacer tejas, baldosas y toda
clase de cacharrería.
Las empleadas por nuestros alfareros son muy plásticas, algunas con tanta liga que les han de agregar tierra corriente para rebajarlas, y una vez hecho el barro, es tan suave al
tacto como la masa del pan y su cohesión es tanta que se arrolla fácilmente en barras delgadas sin que se rompa. Los tinajeros incluso se la echan al hombro, que es su manera de
trabajar, si bien la masa la distribuyen en forma de huso doble unidos por su base, que es el centro del rollo, y lo apoyan en su pecho.
LOS
PREPARATIVOS
Pues bien, de la tierra o légamo amontonado en el corral, van llenando el pilón cada vez que lo necesitan. El pilón es una excavación hecha en el suelo, de algo más de medio metro de profundidad y dos de diámetro, recrecida o no en su contorno otro tanto con piedras y barro
formando pared recia en redondo o cuadrada.
La tierra se echa machacada en el pilón lleno de agua y se le deja empapar, pues, aunque mucho menos, hierve como la cal y el yeso al apagarlos, que es tomar el agua al
hidratarse. A la hora o antes ya está mojada y se la mueve bien con un par de tablas recias o con una azada de astil largo llamada batidera, hasta formar un caldo más bien claro
que corra al colarlo. Cuando se le ve bien batido se destapan los agujeros que comunican el pilón con la pilanca, pasando el caldo por una especie de reguera o tubo en forma de
mangueta que atraviesa la pared del pilón. La mezcla, que está bien suelta, homogénea, con agua abundante, formando papilla clara, antes de caer en la pilanca, que es un
recorrido total de un metro aproximadamente, encuentra un filtro o criba formado por escobas o manojos o juncos, que detienen las impurezas del barro, sin poder utilizarse
albardín, esparto u otras pajas finas, porque con la liga se forma pared y no cuela.
La pila, algo más refinada que el pilón, a modo de pequeña alberca de huerta, está embaldosada de ladrillo basto, de mala calidad y poroso, que permita la filtración, y sus
paredes del mismo ladrillo o de barro, pues el yeso, y menos el cemento, no son utilizables en el alfar.
El barro colado se aposa (hace posos) pronto en la pilanca, quedando arriba el agua clara, que se sangra y se pasa a cubos otra vez al pilón, para ensuciarla de nuevo y hacer nueva papilla,
que se cuela como la anterior, y de este modo se va acumulando en la pilanca hasta que se llena de una pasta fina, adherente y suave, que es la que se lleva a la habitación del
tabanque para modelar una vez amasada según se va necesitando.
El conjunto de la pasta acumulada en la pilanca se llama pella, y el exceso de agua que retiene después de la sangría lo va perdiendo por filtración o por evaporación
lentamente durante el tiempo largo que suele permanecer en la pilanca, tapada como un tesoro escondido, con arpilleras o esteras.
EL
MODELADO
La pasta de la pilanca se traslada al obrador y se amontona en un extremo, tapándola como en la pilanca para que conserve la humedad y no se endurezca. De este montón, que
lo parece de sebo o manteca derretidos y enfriados, que siempre es grande, de 20, 30 ó más quintales, el alfarero va tomando las cantidades que pueda necesitar para la tarea que
se echa, por lo general pellas de 8 ó 10 kilos, y lo amasa a brazo, como el pan, sobre la mesa de amasar, que es un poyo de mampostería, embaldosado como la pilanca o sin
embaldosar, con una loncha de piedra en su cara superior.
Este poyo mide metro y cuarto de largo por medio de ancho y algo más de medio de alto y está adosado a una pared. A veces, si el barro está muy húmedo, antes de amasarlo
lo extienden sobre la pared en una capa fina sobre una extensión como de un metro de diámetro, para aumentar la superficie de evaporación y que se seque un poco. De la pared lo
toman para amasarlo.
Todas estas maniobras exigen un perfecto conocimiento del barro por parte del que lo trabaja, de sus cualidades y punto de cada momento, como el del panadero en el horno,
y el alfarero ducho las distingue sólo con mirarlo o echarle mano, como el pastor sabe las condiciones de cada animal que lleva a su cuidado.
Puesto o no en la pared, según se necesite, el alfarero forma la pella para la tarea y la deposita sobre la mesa de amasar, donde la hiñe con sus puños hasta que la considera en
buen estado de plasticidad para modelar y la deja sobre el entablado de trabajar, sentándose él contra la pared, en la que sujeta su cuerpo por detrás en una tabla un poco
inclinada hacia delante, atada con sogueos a los travesaños del entablado y que lleva encima unos ropones, colocada a la altura suficiente para que le quede el cuerpo libre sobre
el entablado y ejecutar a gusto las maniobras que necesite.
Como el barro, una vez amasado, se estropea de no utilizarlo, se procura tomar la cantidad indispensable para la obra a ejecutar y se termina siempre, dure lo que dure, o se tira
lo que sobre; no hay otra solución.
El alfarero, revestido de largo y ancho mandil de arpillera con peto que cuelga a su cuello y sujeta a su cintura, toma de la pella una porción de barro proporcional a la obra
pensada y la coloca sobre la cabecilla, apoya las manos sobre el entablado para afianzarse, sujeta el pie derecho sobre el rollizo delgado o travesaño que fija las patas del
entablado, y que suele tener cerca del borde posterior, y teniendo la pierna suelta, como badajo de campana, le da con el pie izquierdo el primer impulso a la rueda, disponiendo
sus manos en hueco con aire sacerdotal, como ungiendo el barro, para coger la pella que ya gira, con todo el amor y el cuido que su espíritu creador le dicte, momento singular en
que su inspiración y fino espíritu de observación se podrán de manifiesto y la humanidad podrá valorar después si logra, como un dios, darle expresión y vida con sus dedos al
pedazo de barro informe que tiene entre sus manos.
EL BAÑO
Los cacharros, una vez secos, necesitan cocerse para darles solidez y duración, y, según sus usos, necesitan o no el baño vidriado para contener las sustancias que guarden,
lo que se logra con una especie de barniz metálico llamado baño, que se les da apoyándolos en el barreño que contiene la mezcla y remojándolos con la mano por dentro y por
fuera, poniéndolos después para que se oreen al sol antes de meterlos en el horno, donde se funde el metal, se corre y toma la transparencia y el lustre del vidrio.
El baño que se les da es de una preparación de galena reducida a polvo, llamado alcohol mineral por los alfareros y alcohol de alfareros por los mineros, y resulta de la
formación de un silicato de plomo, que constituye al fundirse y correrse un vidriado especial. Los mineros distinguen el llamado ojo de perdiz, finamente granulado, y el de hoja,
que es el de láminas o más frecuente. Lo venden en Linares y sitios de minas de plomo.
EL HORNO
Los hornos están a la intemperie y son mayores o menores según las necesidades del alfar, tan rústicos como el pilón, de paredes gruesas y hechas de barro y piedra,
cimentados en una excavación del terreno como de tres metros y medio de profundidad y dos y medio de diámetro, aunque variable según el tamaño del horno. Las paredes del
horno tienen un grueso de medio metro aproximadamente.
El espacio excavado en el suelo se divide en dos compartimentos, el mayor y superior llamado vaso del horno, que es el que se carga, y el menor, de una tercera parte, llamado
bocina o echaera del horno, que es donde está la boca por donde se alimenta el horno. A este verdadero barranco, a cielo abierto, se baja por una escalerilla estrecha, labrada en el
terreno y protegida con losas de piedra para que no se desmorone.
LA
COCCIÓN
Para formar el hogar, el horno lleva por dentro una división hecha de barro amasado a la altura de unos dos metros, enrasada por dentro con la lumbrera de la puerta de la
caldera. A esta división se le llama torta del horno y es prácticamente el suelo del mismo. La torta tiene un grosor aproximado de setenta centímetros y está salpicada de toberas o
lumbreras en número de 20 ó 30, como de 10 centímetros de luz. Los olleros cargan el horno poniendo una primera tanda de cangilones o arcabuces boca abajo y sobre ellos la
obra que se trata de cocer, distribuida de tal forma que no se tapen las toberas y se aproveche el espacio todo lo posible para meter el mayor número de cacharros. En los hornos
de obra grande, de cántaros o tinajas, se ponen éstos directamente sobre la torta.
Una vez enrasado el horno, por su parte superior, donde lleva una lumbrera, o se deja al cargarlo si es descubierto, se cubre el total con cascotes y broza de la que haya
alrededor, como se hace en los hornos de yeso y de la cal con lo menudo de la piedra, formando un promontorio que sobresale del nivel del horno metro y medio aproximadamente
y se le prende calentándolo poco a poco. Una vez caliente, se le echa orujo de aceituna hasta ponerse toda la capucha del horno hecha un ascua.
La cocción dura nueve horas y alcanza temperaturas de ochocientos o mil grados, que se necesitan para fundir el metal utilizado en el baño, poniéndose todo al rojo vivo. Se le
deja enfriar lentamente durante una noche y al día siguiente se saca. Si en algún punto el calor no es suficiente, el baño no se corre bien y se dice que el cacharro se ensucia y se
le aparta por no haber logrado la transparencia del vidrio que tiene el mineral bien fundido.
Estos son los principios comunes del oficio, pero las variaciones o costumbres son tantas como los lugares de fabricación y clases de obra fabricada y los pueblos, con esa
aguda y penetrante intuición que los distingue para llamar a las cosas por su nombre, como se ve claramente en los motes, les dan la denominación más propia en cada caso. En
Consuegra les dicen olleros, y al barrio de los alfares la ollería, claro y elocuente nombre, que con una sola palabra a nadie puede ofrecer dudas; como en La Mota las cantareras y
en Villarrobledo los tinajeros, aunque además de ollas, cántaros y tinajas fabriquen toda clase de vasijas de barro para los usos comunes.
LAS
CANTARERAS DE MOTA
Las cantareras más sobresalientes de la comarca de La Mancha son las cantareras de Mota del Cuervo. La cantarería de la Mota, ejecutada exclusivamente por unas mujeres
maravillosas, trabajadoras y buenas, que atienden esta labor durante toda su vida, a la vez que cuidan de su casa y crían a los hijos alrededor del rodillo, que es como se enseñan,
con la ayuda progresiva a la madre hacendosa. Espléndida, extraordinaria ejemplaridad la de la cantarera
moteña, recluida siempre en un
rincón y nunca ociosa, dando ejemplo perenne de honestidad, laboriosidad y amor santo a las buenas costumbres, conformidad con las obligaciones de la vida, aceptadas de grado y con buen humor y renuncia
espontánea de los atractivos mundanos. Es admirable contemplarla en cualquier portalete de su casa ensimismada en su trabajo, sola, urdiendo cántaros o macetas, una tras otra,
que va dejando a su alrededor, como crías desprendidas de su seno en una maternidad multiforme y continua, que lejos de esquilmarla, la mantiene frondosa e ilusionada, porque
se recrea en su obra.
Aún siendo a mano, el trabajo de la cantarera difiere del ollero, como difiere el rodillo del tabanque, pero ambos artesanos se concentran y se les ve el cuidado y la idea con
que ejecutan el trabajo, más el alfarero, que pone en juego su cuerpo, sus brazos y manos en un movimiento de elevación a pulso y expresión forzada de su rostro, de los que sale
la figura como creada por divina inspiración, para retocarla con sosiego después. La cantarera no se estira, se acocla, se agacha y se ensancha como gallina que empolla, remete y
voltea la obra hasta que la forja, pero ninguno de los dos deja de estar atento a lo que hace ni procede con descuido en ningún momento de su creación. Maravilloso arte y
asombrosa mujer la cantarera, que merece un monumento en la plaza de la alfarería
moteña, aunque es seguro que lo tiene en el corazón de cuantos conocen y admiran sus
cualidades.
La cantarera de la Mota no tiene alfar, y toma la cantarería como una de las obligaciones domésticas, aunque tan principal, que es el verdadero sostén de la casa, y de hecho es
lo que domina y se encuentra por todos los rincones del hogar.
Su trabajo lo hace en cualquier rincón, pero la obra cunde y llena hasta el cuarto de dormir. No hace tanto barro como el alfarero y lo puede tener cerca del rodillo, en el hueco
de la escalera próxima o al entrar de cualquier habitación para que no se enfríe.
Cualquiera se hará cruces de lo perdidas que deben tener las casas con tanta tierra y barro por todas partes, pero es un error, las casas de las cantareras, como las de
los alfares todos, están limpísimas, recuidadas por verdaderas mujeres de su casa, porque este barro no mancha y se nota lo que hacen, como se nota en los hornos del pan que
andan con la harina, pero no por la suciedad, sino por el colorcillo que toma todo. Y en el caso de la cantarera todavía menos, porque no cuece en su casa, ya que el horno es lo
que más ensucia.
La tierra seca la machaca en el suelo con un martillo, y cuando la tiene bien molida la echa en agua en una pila como la de dar agua a las mulas, que tiene en el mismo patio.
Cuando la traen de los barreros la extiende a secar para machacarla mejor. La tiene en agua un día, la saca, la extiende en el suelo y la pisa, función en la que suelen tomar parte los
chicos, que lo hacen descalzos, como es natural, y tomándolo a juego, pero si no ella misma. El barro no se saca de cualquier forma, sino que se repella, se hace pellas, que es
recortarlo para amontonarlo y esgorullarlo, que es quitarle los gorullos, caliches y chinas, se pisa bien y se corta para hacerlo rollos y urdirlo. Esgorullar consiste en apretar y
desmenuzar el barro con las manos y quitarle los cantos. Al acto de amasar el barro por última vez para utilizarlo, la cantarera le da el nombre de sobar el barro.
Cuando el cántaro está hecho se boca y se enasa, que es ponerle la boca y el asa, momento delicado, no sólo por la habilidad precisa para hacer estas partes, sino por el punto
en que se ha de coger el barro para que pegue formando cuerpo y para que el casco soporte el peso, porque si no tiene el punto de dureza necesario, se ringa, que es deprimirse,
desplomarse o hundirse.
El soporte de que se sirve la cantarera para colocar su obra se llama rodillo, que es como una banqueta de unos dos palmos de alta, formada por dos palos cruzados arriba y
dos abajo, sostenidos por otros cuatro, que les sirven de columnas, apoyados en los extremos de los cruzados. En los entrecruzamientos de arriba y de abajo, justamente en su
centro, lleva una perforación para meterlo en el husillo, que está fijo en el suelo, y sobre el cual gira el rodillo cuando lo impulsa la cantarera. Sobre la cruz de arriba lleva una tabla,
en cuyo centro, como primera parte del trabajo, se extiende una capa de ceniza traída del rastro del horno, para evitar que el cántaro se pegue a la tabla y tenerlo que cortar para
separarlo. Sobre la ceniza coloca la torta de barro que será el culo del cacharro y sobre el contorno de la torta comienza la urdimbre de la vasija, llevando la mano izquierda por
dentro y la derecha por fuera, cargada con el rollo de barro del grosor que requiera la obra. No le fallan a la cantarera ni el grosor ni la inclinación de las paredes que han de darle su capacidad a la vasija, tanto al ensanchar como al menguar después de hecha la panza ni la consistencia del barro para que no se ringue.
(Hay que tener presente en adelante, que el texto se redactó en 1972.)
Cada maestrillo tiene su librillo y cada lugar su maña y habilidad. En la Mota, el que tenía un buen barrero, que es como el que tiene una cantera o una mina, se dedicaba a
sacar la greda y portearla con su carro y su borrico, distribuyéndolo a las cantareras, a veinte reales el carro, antes, ahora (1972) a doscientas pesetas.
Apenas si quedan un par de barreros, el Carpio –Bernardo de la Fuente Izquierdo- y el Moro –Silviano
Cañego-, (esto era en 1972). Y se barrunta que no por mucho tiempo.
Bernardo le tomó ley al barro por la mujer, la Engracia de Vallejo –Engracia López Cano-, cantarera de toda la vida, y que podría seguir siéndolo a tientas, por estar mal de la vista,
pero ello no le impide ayudar al hombre en el barrero con una fidelidad inquebrantable.
El barrero de Bernardo está en la Casa de las “Burracas”, más allá de la Virgen del Valle, y la hermana Engracia sabe una historieja según la cual la conversión de San Agustín
tuvo lugar en ella, por ir muy sediento y pedirle agua a la Virgen, la cual tenía desgastado el brocal de tanto rozarlo con la soga al bajar y subir el cántaro para sacar agua. El Santo,
que entonces no lo era, quedó maravillado del esfuerzo y tan agradecido de sentir apagada la sed, que decidió allí mismo renunciar a los placeres mundanos. (San Agustín y la
Virgen del Valle son los patrones del barrio moteño de las cantarerías).
Los portes han tenido mucha importancia en la Mota por su situación topográfica, y sus hombres han sido de los que más han andado por los caminos, aunque no tanto ni
con tanta audacia como los villafranqueros.
Cada carro sacado del barrero tiene treinta y seis espuertas, y se calcula que del carro salen cien cántaros de una arroba de capacidad cada uno, según la habilidad de la
cantarera, pero el cántaro vacío pesa 7, 8 ó 9 libras.
Dicen que el horno cogía antiguamente cuatrocientos cántaros, que se decía una parte. La media parte eran doscientos cántaros, el pico, cien. De cien para atrás, se dice medio
pico, que son cincuenta; un veinticinco la cuarta parte, y tres veintrés, que son sesenta.
Los carros que salían a vender la obra podían ser de siete o de ocho cántaros sobre el bastidor de los
varales. Se cargaban de tres o cuatro cercos, como la mies, de cántaros y
tinajas. El carro de 8 cántaros y tres mulas, que era el corriente, cargaba una parte entera entre cántaros, cantarillas y tinajas.
Nadie que no lo haya visto puede creer que en un carro se pueda colocar esa cantidad de cacharros y que no se rompan, como tampoco es creíble que se metan en el horno.
Son las maravillas de la colocación en la que los moteños son maestros consumados, trabajando en ella muy duramente, que cargar un horno o un carro no es para gente
enclenque o de poca sangre. La capacidad del cántaro moteño es de una arroba. Las vasijas fraccionarias, cantarillas o jarras, son de tres al cántaro, de cuatro o de dos. En esta
forma las pide el hornero cuando está enhornando, una de tres, una de dos o una grande, según le conviene al hueco que tiene delante.
EL HORNO
DE LA CRUZ VERDE
En la actualidad
(Feb-2000), el único horno que existe en Mota del Cuervo es el horno de la Cruz Verde (el de Urbano).
Antes había siete, y cocían a diario; el de Salomón Estiraza, en la calle de las Cuevas; el de Vete, en la calle de las Afueras; en la Sendilla, el de Jorquillo; en la Sendilla Alta, el
de Zato, y los dos de Gil, uno de los cuales es el de Braulio, derruido en 1972, y el de la
Aniana, en la Cruz Verde.
El horno actual de la Cruz Verde es el de Urbano Cruz Manjavacas (Gorra de apodo familiar y Jaro por tener la pelambre gredosa como el barro de los cántaros y Colorao por la
rubicundez de su cuero). De la quinta de Alberto Noheda, el de Canuto. Su mujer, la hornera, Natividad Cano Rodríguez le dicen la Ramoncilla por herencia de su padre, moteña
fuerte y lustrosa que no hace honor a lo diminutivo del mote. Urbano no gasta pereza ni se adolece de hincar. Se ha hecho él mismo un horno de cal en la
Pozanca.
El horno de la Cruz Verde es el más pequeño de cuantos hubo.
La tarde del día 29 de mayo de 1972 se encendió perezosamente este postrer horno de la Mota, con la convicción tácita entre los concurrentes de que tanto el horno como la
industria que le dio vida no tardarán en desaparecer.
Como el horno se enciende de tarde en tarde, da tiempo a que alguna vecera lo llene por sí sola, y la hornada de este día la acaparó la Ascensión del Muerro –Ascensión
Contreras Cañego- mujer de Ramón el de Gorra –Ramón Cruz Izquierdo-, por eso se juntan tantos Gorras en la cocción de este horno. |